JCCN / Revista Punto de Vista / 04 de febrero 2026
En San Luis Potosí volvió a asomarse una palabra que en la política local suele pronunciarse en voz baja: coalición. No como consigna de campaña ni como reacción del momento, sino como posibilidad real. Y eso, en un estado acostumbrado a la fragmentación, merece una lectura más reposada.
El gobernador Ricardo Gallardo Cardona puso el tema sobre la mesa con un mensaje que, más allá del cálculo electoral, apunta a algo que suele faltar en los procesos políticos: método y disposición. Habló de diálogo, de acuerdos amplios y, sobre todo, de poner al estado por encima de cualquier interés de grupo. No es poca cosa decirlo en tiempos donde la política se ha vuelto una suma de trincheras y desconfianzas.
El encuentro con la dirigencia estatal de Morena, encabezada por Rita Ozalia Rodríguez Velázquez, fue presentado como un ejercicio de coordinación, no de sometimiento. Esa distinción es clave. Las coaliciones que nacen de la imposición suelen durar lo que dura la campaña; las que se construyen desde el diálogo, con reglas claras y objetivos compartidos, al menos tienen la oportunidad de trascender.
El gobernador Gallardo fue claro al reconocer que existe una línea nacional para avanzar en coaliciones. También lo fue al advertir que los acuerdos no se decretan: se afinan. Ahí está el punto fino del asunto. Afinar posiciones implica ceder, negociar, incomodar a quienes se sienten dueños de parcelas políticas. Implica, en pocas palabras, madurez.
Desde la óptica ciudadana, la pregunta no es si habrá coalición, sino para qué. Si el objetivo es únicamente ganar elecciones, el resultado será una alianza frágil, sostenida con alfileres y discursos huecos. Pero si la apuesta es construir gobernabilidad, estabilidad y rumbo para el estado, entonces el debate cambia de nivel.
Que el gobierno estatal se diga listo para participar en una gran coalición, sin cerrarse por principio, habla de una lectura realista del momento político. Pero esa postura tendrá que pasar por una prueba de coherencia. ¿Se privilegiará realmente el bienestar del estado cuando vengan las decisiones difíciles? ¿O volverán a pesar más las cuotas, los cargos y los equilibrios internos?
La ciudadanía observa con una mezcla de escepticismo y expectativa. No pide milagros, pide resultados. No exige unanimidades, exige responsabilidad. Si la ruta del diálogo y los acuerdos amplios se traduce en políticas públicas más eficaces, en estabilidad institucional y en menos pleitos estériles, habrá valido la pena.
Si no, será una coalición más en la larga lista de oportunidades desperdiciadas. Y San Luis Potosí ya no está para seguir pagando el costo de la improvisación política.
