Mire usted, una ya no sabe si creerle a lo que ve o a lo que oye. Antes, cuando alguien mentía, por lo menos tenía que dar la cara; ahora resulta que hasta las mentiras salen hechas por máquina. Que si el video, que si la voz, que si la imagen y una pensando que era fulano, cuando ni fulano era. Por eso, cuando escuché que los diputados quieren regular eso de la inteligencia artificial en las campañas, pues me acomodé los lentes y dije: “ah caray, eso sí nos toca a todos”.
Porque una cosa es la tecnología —que no es mala, al contrario, bien usada hasta ayuda— y otra muy distinta es usarla para engañar, para confundir y para torcer la voluntad de la gente. Eso, en mi pueblo, se llama jugar chueco. Y las elecciones no son juego, son cosa seria, como el dinero del gasto o el respeto al vecino.
Dicen los diputados que quieren poner reglas claras, que el árbitro pueda sancionar de verdad y no nada más dar recomendaciones que luego nadie pela. Pues ya era hora, porque si no se regula, luego andan llorando cuando el proceso se enreda como estambre barato. La democracia no se defiende con discursos, se defiende con leyes claras y con voluntad de cumplirlas.
Eso de buscar un “punto medio” suena bonito, pero cuidado, porque a veces el punto medio se vuelve punto ciego. Regular no es censurar, y libertad de expresión no es libertad para mentir. La gente tiene derecho a decidir con información verdadera, no con trucos digitales que parecen magia negra moderna. La dignidad del voto se respeta como se respeta la palabra dada.
Y eso de andar preguntando si quitan o no a los organismos electorales locales, pues también merece escucharse con calma. No se trata de borrar instituciones como si fueran manchas en el mantel, sino de ver si sirven, si protegen al ciudadano o si nomás están de adorno. La justicia electoral no se improvisa, se construye con diálogo y con la gente adentro, no afuera.
Yo lo digo así, clarito: la tecnología sin ética es como cuchillo sin mango, corta por donde sea. Y si no se cuida ahora, luego no se quejen cuando el proceso se les queme como frijoles olvidados en la lumbre.
Con el estambre enredado en los dedos y la mecedora crujiendo despacito,
Doña Carmen
Ciudadana que cree que el voto se cuida como se cuida la casa: con verdad, orden y respeto.
