Mientras recojo la mesa me puse a escuchar lo que dijo la diputada Sara Rocha, esa que preside la Directiva del Congreso, y la verdad es que sus declaraciones me dejaron pensando más que la cuenta de la luz.
Dice que los diputados pueden pedir licencia para irse a buscar otro hueso en las elecciones del 2027, y que “los suplentes harán buen trabajo”. ¡Hágame usted el favor! Eso suena a lo que dice mi yerno cuando deja a su amigo “cuidando” la taquería: “Ahí va a estar bien, él le sabe”. Pero luego uno llega y resulta que el cuate no sabe ni picar la cebolla en cuadritos, y el adobo le queda como agua de calcetín.
Aquí el problema no es que quieran participar en elecciones —al fin, como dice ella, “somos políticos”—, sino que parece que el cargo de diputado se vuelve trampolín, como esos brincolines que rentan en las fiestas infantiles: lo usan un rato, dan unos saltos, y después lo dejan botado. Y luego nos salen con que “los suplentes están pegaditos al propietario”. ¡Qué bonito! Si de por sí muchos propietarios andan más perdidos que piojo en peluquería, ¿ahora vamos a confiar en el que solo ha estado de sombra?
Lo grave es que dicen que “los trabajos del Congreso deben continuar sin afectaciones”. Como si cambiar al que mueve la cuchara de la olla a media cocción no alterara el guiso. ¿O acaso creen que legislar es como seguir una receta de televisión? Si fuera tan fácil, ya hubiéramos resuelto lo del agua, la seguridad y los baches que, según nuestro alcalde, son más importantes que el líquido vital.
Y luego, con ese tema de la Reforma Electoral que tanto preocupa —o al menos eso dicen—, ¿creen que un suplente que llega de pronto, con la curva de aprendizaje más empinada que la subida al Cerro de San Pedro, va a poder defender los intereses de las minorías y la pluralidad? ¡Por favor! Es como poner a alguien que nunca ha hecho tortillas a manejar el comal en hora pico: lo más seguro es que las queme o las deje crudas.
Al final, todo esto me recuerda a cuando en las kermeses de la escuela hacían relevos con el huevo en la cuchara: si se cae, se cae, y ya no hay vuelta atrás. Así andamos, confiando en que los suplentes no se tropiecen con los temas importantes, mientras los titulares ya tienen la mirada puesta en la siguiente carrera. Y nosotros aquí, como siempre, viendo cómo se cuece la olla de tamales —perdón, de decisiones— que alguien más empezó a preparar, pero que a nosotros nos toca comer. Porque una cosa es la teoría del buen suplente, y otra muy distinta la realidad de un pueblo que necesita leyes bien cocinadas, no medio crudas y con sabor a oportunismo. ¿O no?
Mientras termino de recoger todo este batidero,
Doña Carmen
Ciudadana que ya aprendió que cuando los políticos se levantan antes de acabar, los platos sucios casi siempre los lava el pueblo.
