Doña Carmen: Pluris o no pluris, esa es la cuerda floja

Por: Doña Carmen, sentada en la mecedora mientras acomoda sus estambres de colores.

Mire usted, justo estaba aquí acomodando mis agujas y mis estambres, cuando me puse a pensar en lo de los diputados plurinominales. Y sí, como bien dice mi comadre Antonia: Eso de los pluris es igual que tejer. Si no sabes contar los puntos, te sale un buche o una manga más larga que la otra. Y luego, ¡ay, Dios!, deshacer todo es más cansado que escuchar promesas en año electoral.

Aquí andan los partidos discutiendo si quitan o dejan esos puestos que se reparten como dulces en piñata, según cuántos votos sacaron. Unos dicen: “¡Hay que acabarlos! ¡Es puro cuatismo!”. Otros, como el Verde y el del Trabajo, gritan que sin esos escaños se quedan sin voz, como perrito en balcón. Y uno entiende: si ya de por sí cuesta que nos hagan caso, ¿luego van a desaparecer los que supuestamente representan a los menos escuchados?

Pero fíjese bien: el problema no es la lana, sino las manos que la tejen. Eso de que lleguen por lista, sin pisar las colonias, sin saber que en la calle de la Soledad el drenaje se tapó otra vez o que en el cerro ya no llega la ambulancia… pues así cualquiera representa. Se vuelven como esos cuadros que adornan la sala: bonitos, pero que no resuelven ni el hambre ni la sed.

Yo digo que si de verdad quieren que la representación sea justa, que no se trate de quitar o poner sillones nomás por acomodar al compadre. Que si esos pluris sirven para que todas las voces se escuchen —las de los pueblos, las de las causas justas, las de los que no tienen para una campaña millonaria—, pues que se queden. Pero con condimento: que tengan que dar la cara en los barrios, que rindan cuentas más claras que el agua de garrafón, y que no sean solo achichincles del líder del partido.

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Porque eso de que “las instituciones no dependen de una sola persona” —como dijo el alcalde Galindo, ese que viaja mucho— también aplica aquí: la democracia no depende de un solo tipo de curul, sino de que todos, absolutamente todos, nos sintamos parte del mismo tejido. Y si un hilo se enreda o se rompe, pues se repara, pero con cuidado, no a jalones.

Esto es como mi chal de lana: si lo tejemos con prisas, queda lleno de nudos y huecos. Pero si tomamos el tiempo de mirar bien el patrón, de asegurar cada puntada y de probárnoslo a ver si realmente nos abriga, entonces sí servirá para lo que es: protegernos del frío de la indiferencia. Que la política, como el tejido, es cosa de paciencia, pulso y sobre todo, de saber quién va a usar lo que estás haciendo.

Al final, lo que necesitamos no es una puntada apresurada que deshaga décadas de historia democrática, sino un tejido nuevo, bien pensado, donde cada pieza tenga su lugar sin que nos quede grande o chico el suéter. ¿O no?

Con la mecedora crujiendo despacito y la lana de colores entre los dedos,
Doña Carmen
Ciudadana que cree que la democracia se cuida como se cuida una labor de tejido: con paciencia, buen patrón y respeto por cada hilo que la compone.

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