La política mexicana atraviesa un momento de transición menos estridente de lo que aparenta, pero no por ello menos profundo. Con el cambio de gobierno, Morena dejó atrás la etapa del liderazgo carismático y entró, casi sin anunciarlo, en una fase distinta: la del ajuste interno, la del acomodo fino del poder real.
La salida de Andrés Manuel López Obrador de la Presidencia no significó únicamente el cierre de un sexenio. Marcó, sobre todo, el fin de una forma de mandar. Durante años, el movimiento se sostuvo en un equilibrio peculiar entre liderazgo personal, lealtades construidas y figuras con peso propio que funcionaban como intermediarios y contrapesos. Ese esquema empieza a diluirse.
La llegada de Claudia Sheinbaum al centro del mando político ha traído consigo una redefinición silenciosa, pero firme, de las jerarquías. Algunos encuentros que en apariencia podrían leerse como simples gestos institucionales han sido interpretados, en realidad, como mensajes claros: el tiempo de las ambigüedades terminó. La nueva etapa exige alineamiento, disciplina y, sobre todo, discreción.
En ese proceso, personajes que durante años ocuparon posiciones clave dentro del engranaje legislativo han visto reducirse su margen de maniobra. No se trata de una expulsión abrupta ni de una ruptura abierta, sino de algo más sutil y quizá más eficaz: la pérdida gradual de visibilidad, de interlocución directa y de capacidad para marcar agenda. En política, a veces el silencio pesa más que la confrontación.
Mientras tanto, el círculo cercano a la presidenta avanza con paso constante. Nuevos liderazgos partidistas y operadores políticos ganan terreno, no por casualidad, sino como parte de una estrategia de consolidación. Morena parece apostar por una estructura más vertical, menos tolerante a los equilibrios informales que caracterizaron al movimiento en sus primeros años de gobierno.
Este reacomodo tiene una consecuencia evidente: la principal disputa política del país ya no se libra, al menos por ahora, entre el oficialismo y una oposición debilitada, sino dentro del propio partido gobernante. Ahí se decide quién controla los recursos, quién define candidaturas y quién tendrá la última palabra rumbo a los próximos procesos electorales. La oposición observa desde la barrera, consciente de que su margen de influencia es limitado mientras Morena resuelva sus tensiones internas.
Conviene subrayar algo: este cambio en la distribución del poder no implica, necesariamente, un viraje de fondo en las políticas públicas. La línea general del proyecto iniciado en 2018 se mantiene. Lo que está en juego no es tanto el rumbo, sino el timón. Quién manda, quién decide y quién encarna ahora el relato del movimiento.
El reto para Morena no es menor. Las luchas internas suelen dejar huellas: desgaste, desconfianza y fisuras que, con el tiempo, pueden volverse visibles para el electorado. Gobernar desde la hegemonía exige algo más que control; requiere cohesión, claridad de proyecto y una narrativa que vaya más allá del reparto de posiciones.
En una democracia sana, la discusión central no debería girar solo en torno a quién acumula más poder, sino a qué país se quiere construir. Por ahora, esa conversación sigue desplazada, atrapada entre los ajustes internos de un partido que, acostumbrado a la unidad bajo un solo liderazgo, enfrenta el desafío de aprender a gobernar —y a disputarse— sin él.
