Editorial… Sobre un año de Trump: poder, presión y fractura

A un año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el balance es claro: no gobernó para moderar, gobernó para imponer. Su presidencia volvió a girar sobre una lógica conocida —orden ejecutiva, confrontación constante y presión como método—, pero ahora con menos contrapesos y más urgencia política.

En política interior, Trump apostó por la vía rápida. Firmó órdenes ejecutivas a un ritmo inusual, desmontó políticas del gobierno anterior y reforzó la idea de un Ejecutivo que decide sin negociar. Para sus seguidores, eso es eficacia. Para sus críticos, abuso de poder. La frontera fue el eje: redadas, deportaciones y una expansión sin precedentes del aparato migratorio. Hubo menos cruces irregulares, sí, pero también más miedo, errores y familias rotas. El resultado es un país más dividido, no más seguro.

México ocupó un lugar central en su discurso y en su práctica. Trump lo trató como socio necesario y blanco recurrente. Aranceles a sectores clave, amenazas comerciales y presión constante en migración y seguridad marcaron la relación. Incluso temas sensibles, como el agua o el combate al fentanilo, fueron usados como fichas de negociación. No fue diplomacia; fue coerción.

El gobierno mexicano respondió con contención: diálogo permanente, concesiones tácticas y búsqueda de estabilidad. Funcionó para evitar crisis mayores, pero dejó claro el desequilibrio. Con Trump, cualquier diferencia puede convertirse en castigo económico. La relación bilateral se volvió frágil y personalista.

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En política exterior, el patrón se repitió. Trump tensó alianzas, presionó a socios tradicionales y volvió impredecible a Estados Unidos. No abandonó el liderazgo global, pero lo ejerció con amenazas más que con acuerdos. Eso debilitó la confianza internacional y aisló a Washington en más de un frente.

Dentro de Estados Unidos, la percepción es profundamente polarizada. Trump conserva una base leal que celebra la mano dura y el discurso de fuerza. Pero fuera de ella crece el rechazo: su aprobación cayó y la preocupación por la erosión democrática aumentó. En el extranjero, la desconfianza es aún mayor.

Este primer año no fue caótico, pero sí corrosivo. Trump logró imponer agenda, pero a costa de cohesión interna, credibilidad externa y relaciones estratégicas. Gobernó como quien gana batallas sin preguntarse por el estado del terreno al final.

Para México, la lección es incómoda: mientras Trump esté en la Casa Blanca, la relación con Estados Unidos será funcional, pero inestable. Y depender del humor presidencial nunca ha sido una estrategia sostenible.

editorial@revistapuntodevista.com.mx

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